Hace diez años, en 2015, sufrí un accidente mientras trabajaba como cámara de televisión para los informativos de CUATRO. Hasta entonces llevaba una vida desordenada: fumaba, consumía alcohol con normalidad, apenas cuidaba la alimentación y vivía a un ritmo acelerado, con poca atención a las señales del cuerpo.

El accidente me obligó a detenerme durante varios meses. En ese tiempo, sin poder moverme con normalidad, comencé un aprendizaje autónomo: observar qué me había llevado a esa situación y qué podía cambiar para recuperarme mejor. No fue un proceso guiado por profesionales ni por grandes teorías, sino por la necesidad práctica de entender cómo vivir de otra manera.

En ese contexto apareció una lectura que marcó un antes y un después. En uno de los libros que cayó en mis manos leí que educar significa nutrir. No enseñar, no corregir, no imponer: nutrir. Entonces me di cuenta de que todo ese aprendizaje que estaba realizando —sobre hábitos, cuerpo, emociones y atención— tenía sentido no solo para mí y que podía ser compartido.

Ahí surgió un impulso claro: participar de la educación, nutrir a otras personas con los aprendizajes que yo misma estaba incorporando a partir de la experiencia.

Educar: nutrir, guiar, desarrollar.

La palabra educar procede del latín educare, que significa alimentar, nutrir y favorecer el desarrollo, y se relaciona también con educere o ayudar a que la persona saque fuera lo mejor de sí misma. Desde esta base, educar no es transmitir información, sino facilitar aprendizajes que transforman la forma de vivir para la excelencia humana, empezando por la propia persona. En este sentido, educar implica también educarse a una misma o a uno mismo: aprender a observarse, a cuidarse y a tomar decisiones más conscientes a lo largo de la vida.

Esta manera de entender la educación es la que sostiene hoy disciplinas como la educación social, la neuroeducación y la educación para la salud, donde el aprendizaje se vincula directamente con el bienestar y la vida cotidiana.

Cuando hablamos de educación para la salud, hablamos de aprender a:

  • Entender qué le ocurre a nuestro cuerpo
  • Reconocer y regular emociones
  • Reducir el estrés
  • Construir hábitos que sostengan el bienestar
  • Tomar decisiones más conscientes

La educación social: una profesión clave en la educación para la salud

Comprender que estos aprendizajes podían compartirse fue lo que me llevó, tras el accidente, a formarme primero como técnica en Educación Infantil y después a cursar el grado universitaria de Educación Social, buscando un marco pedagógico sólido para aquello que había comenzado como una experiencia personal.

En esa etapa de estudios descubrí que la educación social es una profesión pedagógica que trabaja fuera del aula tradicional y se centra en acompañar procesos de aprendizaje vinculados a la vida real: salud, convivencia, emociones, hábitos y bienestar, para la mejora del potencial humano.

Aunque históricamente la educación social comenzó interviniendo con personas en situación de exclusión o dificultad social, su ámbito se ha ampliado de forma clara y respaldada por la evidencia científica. La educación social actual interviene también con población general —amas de casa, estudiantes, profesorado, personas trabajadoras, empresas, familias y comunidades— desde un enfoque preventivo y de promoción de la salud, orientado al desarrollo de competencias para el autocuidado, la regulación emocional y la adopción de estilos de vida saludables.

La educación social aplicada a la salud te ayuda a aprender a tomar las mejores decisiones en lo cotidiano: cuándo parar, cómo cuidarte y qué hábitos sostienen tu bienestar.

Educación para la salud: un aprendizaje necesario para la vida diaria

La educación para la salud, tal como la definen las instituciones públicas (OMS, Carta de Ottawa) y recogen las guías institucionales en España, no consiste en dar consejos médicos ni en decir lo que hay que hacer, sino en capacitar a las personas para comprender cómo responden su cuerpo, su cerebro y sus emociones en la vida diaria, y así tomar decisiones informadas sobre su salud. Esto implica aprender cómo influyen el estrés, las emociones y los hábitos en el bienestar, para poder cuidarse mejor en lo cotidiano.

Un primer gesto sencillo para empezar es observar, durante el día, qué situaciones tensan el cuerpo o alteran el ánimo y qué hábitos ayudan, aunque sea un poco, a recuperar la calma.

Neuroeducación: cuando aprender cambia el cerebro

Recuerdo que uno de los primeros cambios que hice fue anotar dónde y cuándo fumaba cada cigarrillo. No para juzgarme ni para dejar de fumar de inmediato, sino para entender qué lo activaba: el cansancio, la prisa, ciertas emociones. Solo esa observación empezó a modificar mis decisiones. Sin darme cuenta, mis deseos y elecciones comenzaron a cambiar.

Ese proceso tiene una base clara en la ciencia. La neuroeducación demuestra que el cerebro es plástico: cambia con lo que pensamos, sentimos y hacemos de forma repetida. Autores como Antonio Damasio han mostrado que no tomamos decisiones saludables si el sistema emocional está desregulado, y Richard Davidson ha demostrado que las habilidades emocionales se entrenan y producen cambios medibles en el cerebro.

Por eso, la educación para la salud, cuando se basa en neuroeducación, no se centra en decir qué hay que hacer, sino en enseñar cómo responde el cuerpo y el cerebro ante el estrés, las emociones y los hábitos cotidianos, cómo por ejemplo:

  • Cómo calmar el sistema nervioso
  • Por qué cuesta cambiar hábitos
  • Cómo influyen las emociones en el cuerpo
  • Qué prácticas reducen el estrés de forma real

Una forma sencilla de integrar este aprendizaje es identificares a lo largo del día, una reacción automática y notar qué emoción o tensión corporal aparece justo antes; ese momento de conciencia ya favorece cambios en la forma de responder.

Cerrar el año aprendiendo a observar

Aprender cómo responde el cuerpo y el cerebro ante el estrés, las emociones y los hábitos cotidianos —cómo calmar el sistema nervioso, por qué cuesta cambiar, cómo influyen las emociones en el cuerpo o qué prácticas reducen el estrés de forma real— es un aprendizaje que se construye en la vida diaria. Por eso, identificar una reacción automática y notar qué emoción o tensión corporal aparece justo antes ya es, en sí mismo, un acto de educación para la salud: ese instante de conciencia modifica la forma de responder.

En este momento de cierre de año y comienzo de otro, más que proponerse grandes cambios, puede ser suficiente seguir aprendiendo a observar. Observar qué hábitos sostienen el bienestar y cuáles generan desgaste. Observar cómo responde el cuerpo cuando bajamos el ritmo o cuando nos exigimos de más.

La educación para la salud no empieza en enero ni termina en diciembre. Acompaña los procesos de la vida en la cotidianidad.

En estos momentos te propongo un ejercicio de reflexión:
¿En qué momentos del día tu cuerpo se tensa sin que te des cuenta?
¿Qué hábitos te hacen sentirte bien y cuáles te generan más desgaste?
¿Cómo responde tu sistema nervioso cuando bajas el ritmo… y cuando te exiges de más?

Si estas preguntas te invitan a profundizar y sientes que contar con guía o acompañamiento puede ayudarte en el proceso, tienes a tu disposición los cursos que he diseñado —NeuroEspalda, NeuroSentimiento y talleres concretos como Propósitos 2026— como espacios para seguir explorando el cuerpo, las emociones, los hábitos y las decisiones cotidianas desde la educación para la salud, la neuroeducación y la calma consciente. No para encontrar respuestas rápidas, sino para aprender a escucharte y comprenderte con mayor claridad, a tu propio ritmo.

Me despido con una reflexión del pedagogo John Dewey

La educación no es preparación para la vida; la educación es la vida misma. John Dewey

Que en 2026 tengas la fuerza, la calma y la gestión emocional necesarias para llevar a cabo con éxito tus propósitos.

Nos vemos pronto,

Con cariño,

Corina Ticre,

Educadora social especializada en programas de educación para la salud, mindfulness e inteligencia emocional.

Creaadora de los métodos NeuroEspalda y NeuroSentimiento.